UNA ROCA QUE FLOTA GIRANDO EN CÍRCULOS
Texto de catálogo “habitar . paisajes olvidados”. Oihane Sánchez Duro*. 2025
Hablar del trabajo de Adel Alonso supone enfrentarse a una estructura compleja; una instalación multidisciplinar con diversos niveles de lectura que profundizan incisivamente en los intersticios que configuran la sociedad contemporánea.
La exposición propone una lectura transversal, articulada a través de una selección de obras que funcionan como nodos conceptuales en su trayectoria. Lejos de una ordenación de las piezas cronológica o evolutiva, éstas operan como hitos mordaces de pensamiento que condensan distintos ámbitos de reflexión crítica en torno a la dimensión humana y su relación con el espacio, el tiempo y la construcción de la memoria.
Desde una sensibilidad existencialista, el trabajo de Adel cuestiona los sistemas de representación, medición y racionalización que han dado forma a la visión moderna del mundo. El hombre de Vitruvio, en su lectura renacentista de proporción, orden y centralidad, aparece aquí como un referente descentrado: una figura ya desplazada, múltiple y fractal, que ha perdido toda referencia de escala; un desequilibrio sutil que percibimos en cada una de las piezas, y latente en la muestra en general. Adel alude a esta figura no como ideal de proporción, sino como un cuerpo desplazado, sin eje.
Desde ese mismo descentramiento, la exposición aborda la configuración de los ecosistemas sociales contemporáneos: redes móviles, estructuras heterogéneas, cuerpos errantes. La figura del migrante aparece entonces como contrapunto contemporáneo del Hombre de Vitruvio que, en vez de habitar una “primera casa” armónica, se enfrenta a una arquitectura de emergencia, erigida sobre estructuras precarias.
En este marco, la estética fragmentaria de Adel se alinea con la noción de heterocronía, por la que tiempos (y, por qué no; espacios) no sincrónicos coexisten, se superponen y se tensionan en un mismo plano. Una superposición que genera, en palabras del artista, una “memoria perforada” que advierte sobre la labilidad del presente.
Así, las obras de Adel se sitúan en el umbral entre ruina y reconstrucción, entre residuo y posibilidad: el cuerpo humano (ese hombre de Vitruvio que ha sido desplazado de su centro), adquiere una dimensión errante. El migrante encarna esta condición de sujeto sin escala ni sujeción que flota entre el desarraigo y la necesidad de un refugio.
En este contexto, para Adel habitar se convierte en una experiencia interferida que consta de tres niveles: en primer lugar, la pérdida de la “primera casa”, es decir, de la naturaleza como espacio común. En segundo término, y a consecuencia de la primera pérdida, una desconexión creciente de los vínculos sociales, culturales y afectivos que imposibilita el enraizamiento y, con ello, la consolidación de una memoria individual pero también compartida. Y, por último, la imposibilidad de construcción de un refugio, tanto físico como simbólico, en el que el individuo pueda cobijarse. Por ello, Adel busca, recopila, cataloga y analiza aquellos objetos y materiales que aluden al resto y a la pérdida.
Los fragmentos de madera, como una estructura mutable que se proyecta hacia múltiples direcciones, los retales que buscan asirse a los escasos troncos a la deriva, o un espejo que se rompe en múltiples pedazos, remiten a un cuerpo escindido: una coexistencia disonante de temporalidades que colapsan en un mismo plano. Tal y como ocurre en el edificio en ruinas de Cromo Duro, donde se manifiesta ese tiempo quebrado que no encaja en ninguna línea cronológica o temporal; y así como se manifiesta, al mismo tiempo, un paisaje roto y olvidado: un vacío producido por la pérdida de identidad y que, por ello, termina por ser absorbido por el propio sistema que lo generó.
Los refugios temporales que albergan ahora los muros y paredes de Cromo Duro funcionan como una sutura que trata de unir el espacio y el tiempo perdido, en un intento por recuperar el hogar. Una arquitectura del presente que, como una torpe cicatriz, señala la herida que sigue abierta: la nostalgia, del griego nostos (hogar) y algia (dolor), cobra aquí un significado que va más allá de un sentimiento de tristeza o añoranza, aludiendo al sufrimiento producido por la pérdida del hogar y el refugio dejado atrás.
Sostiene Andreas Huyssen que:
“En el deseo nostálgico se unen la temporalidad y la espacialidad. La ruina arquitectónica despierta la nostalgia porque combina de modo indisoluble los deseos temporales y espaciales por el pasado. En el cuerpo de la ruina el pasado está presente en sus residuos y, sin embargo, ya no resulta accesible, por eso la ruina es un impulso poderoso de la nostalgia”.
La exposición propone, en este sentido, un recorrido por las formas de pensar y, sobre todo, habitar el mundo desde la incertidumbre, la fisura y la resistencia a los modelos totalizantes. Como en el mito de Sísifo, la repetición se convierte en condena y también en advertencia. Un sueño, el del progreso —tomando prestada la célebre sentencia de Goya sobre la razón— que produce monstruos, y nos encara hacia una especie de pesadilla vitruviana: un mundo sin orden, sin escala, sin dirección.
Como Sísifo, castigado por su crueldad al asesinar a los viajeros que encontraba en el camino, estamos condenados a la repetición absurda por la que la roca, nada más tocar la cima, vuelve a caer hacia abajo; alegoría de una modernidad agotada.
Adel, sin embargo, nos propone un ejercicio de persistencia crítica. Nos insta a observar el movimiento cíclico de la roca. La repetición, ahora como forma de resistencia, atraviesa cada pieza de esta muestra. Incluso la disposición de éstas en el espacio nos obliga a deambular, a errar en círculos, materializando el movimiento de ese sujeto descentrado y sin rumbo al que alude el artista.
Cada figura representada por Adel —desde el migrante hasta la persona que entra y sale una y otra vez del edificio de oficinas— está atravesada por una rutina; vidas sujetas a patrones repetitivos que parecen ajenos a su voluntad. Figuras que, como el héroe absurdo de Albert Camus, se mantienen condensadas en un bucle trágico. Aunque, como señala el poeta, sólo es trágico en los momentos en los que el sujeto se hace consciente; en los momentos en los que el sujeto parece despertar del sueño moderno y cuestionar, por fin, todo misticismo.
* Oihane Sánchez Duro es artista, Doctora en investigación en arte contemporáneo y docente en la Facultad de Bellas Artes de la UPV/EHU.
Andreas Huyssen: “La nostalgia por las ruinas”, en Heterocronías: tiempo, arte y arqueologías del presente. Murcia: CENDEAC, 2008.
